El hincha a muerte no conoce de fronteras

Foto de la historia

“Hincha a muerte del Deportivo Quito” desde niño, mi padre Alberto Álvarez Resortes, heredó la devoción y admiración por el equipo Azul Grana de su madre, mi abuela, otra hincha de las que ya no existen, o que quedan muy pocas. Ella amaba con locura a la Argentina.

Como es lógico, yo ya nací con esa pasión por el equipo de la Academia, en mis venas. Son incontables las veces que, de la mano de mi padre, o de mi abuela fui al estadio para acompañar al equipo con nuestros cánticos y gritos, vivíamos en el graderío una verdadera fiesta.

Pertenecer a la barra brava siempre ha sido cosa seria, recuerdo que cuando tenía 17 años, junto con otros hinchas de “la mafia azul grana”, a dos cuadras de llegar a mi casa, tuvimos un fuerte encuentro con la barra de la “muerte blanca”, del equipo de la LDU, nos reconocieron y empezaron a seguir, originándose una guerra campal. Respaldados por los vecinos de la Gasca,  donde vivía, logramos que se fueran y todo terminó al final en una gran fiesta.

Mi padre migró a los Estados Unidos, pero esta no fue razón para que su amor por el Quito muriera, lo seguía desde lejos, tenía una gran colección de camisetas, y en cada llamada una de las principales pregunta era “¡y cómo le va al Quito!”. Volvió al país después de 12 años, en el 2008 cuando el Quito se coronó campeón a los 40 años, ese día el “dale, y dale, Quito dale”, retumbó en mi casa con más corazón que nunca.

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