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El jinete fantasma de PUEMBO.

Foto de la historia

Don Alberto, un hombre que no le tenía miedo a nada y en más de una ocasión se “fue de puñetes” con el mismísimo Satanás y, según decía, le ganó, pues bien, él vivía con su familia abajo, en Mangahuántag, pero trabajaba en La Estancia, la famosa hacienda, fuente importante de trabajo desde la década de 1950, esto ocurría por esa misma década.
Pues resulta que don Antonio, a veces en juicio otras con unos tragos demás, era muy responsable y a veces a media noche quería ir “a rodear” la hacienda, agarraba pues su caballo, lo ensillaba y se ponía en camino, ¿por dónde creen que iba?, claro pues, de ley, por Tangafú, tentando a todos los demonios y es más, retándolos. Muchas veces pasó sin novedad y según decía “a mí nunca se me aparece nada, a los miedosos sí, los cucos huelen el miedo” tal parece que así era, viajes van, viajes vienen y Don Antonio seguía con sus rondas, hasta que una noche que chispeaba (para los que no son del campo, lloviznaba), Don Antonio se pone su poncho, monta su caballo y se dirige a La Estancia, cruza el puente de Tangafú, ya en la cuesta mientras desafiaba el frío, la lluvia, la obscuridad, el miedo que los puembeños tenemos a cruzar de noche esa quebrada, bum, sin saber como sintió que algo o alguien se subió o más bien cayó al anca del caballo, trató de mirar pero no veía nada, de pronto ese alguien empezaba a apretar el cuello de Don Antonio, claro, ni más ni menos que el “jinete fantasma” ¿alma pagando penas o el mismo diablo? ese rato no estaba como para averiguarlo, la asfixia, la desesperación, el sentir la muerte, la presencia de un demonio o lo que sea jugaban en contra, pues, con los postrimeros alientos pudo acelerar al caballo y tratar de llegar a alguna casa en Puembo, esa casa fue la de mis abuelos. Mi madre, joven aún en aquel tiempo, lo recordaba con precisión y me contó cómo escuchó las herraduras del caballo en la calle de tierra, ¿Quién será a esta hora?, un sonido apagado justo frente a la casa, en la hoy llamadas Calles Manuel Burbano y González Suárez, a la tenue luz de las velas de cera que era el único medio para alumbrar las obscuras noches cuando no había luna llena, miró al caballo y un hombre caído en el suelo, claro era don Antonio botando espuma por la boca, síntoma típico de haber tenido contacto con cucos y demás.
Pues no tocaba más que optar por el consabido tratamiento, esparcir agua bendita con romero bendito mientras rezaba “la magnífica”, poderosa oración que efectivamente era como la “mano de Dios”, ya mejor y dentro de casa Don Antonio contaba su experiencia para luego esperar un rato hasta que aclare y continuar la jornada.

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